miércoles, 29 de octubre de 2008

Tiempo


Guardían silencioso que ronda nuestra existencia;
nos permitimos olvidarte...
pero tú infame nos recuerdas tu omnipotencia.

La flecha del tiempo es conducida por tu mano, no hay escapatoria;
te veré firme e irreversible y me daré cuenta de la conjunción de pasado - presente - futuro.
Neta asimetría de lo que fui, lo que soy, lo que seré.

Juegas con mi universo y quizá lo vuelves más desordenado.
Protervo me inclinas hacia ti, te presiento en los surcos de mi semblante,
dime ¿qué he vivido?...

Nada hay que no le poseas, porque nada es igual hoy que hace un segundo;
¿qué haces? ¿qué somos?
No hay destino, sólo tú y tu potestad silenciosa.

Ilusa reviso el calendario, observo mi reloj y el cronómetro me dice que he tardado 32 segundos en esta perorata hacia ti.






2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo hubiera tardado más en escribirle algo.

Un saludo

Lirio Belano dijo...

El tiempo querida mía, no debiera ser nuestro verdugo, sin embargo, para muchas y muchos lo es.

Cuando verdaderamente amamos a alguien lo exterior no importa. Una vez te soñé, sé que tal vez hasta parezca absurdo pero de todas formas te lo cuento. Íbamos hablando sobre La conjura de los necios por un patio cuadrado con pasto color azul (supe que era cuadrado porque en la siguiente escena del sueño bailabas escurriendo gelatina sabor frambuesa y al final dibujaste cuatro cuadrados pequeños en derredor del grande), a medida que caminábamos el pasto adquiría un tono más suave al azul original y tu piel se volvía marchita al ritmo de la intensidad de los pasos. Te veía y trataba de hablar y hablar para que no te dieras cuenta de lo que pasaba porque sabía que de menos irrumpirías en frenético llanto al verte cada vez menos joven. Yo sabía que padecías asma y que no debías excitarte, sin embargo, en el sueño, pasamos del patio con pasto a una calle muy concurrida y con escaparates tapizados con espejos por doquier. Te pedí mientras hablaba como merolico que cerraras los ojos y que adivinaras en dónde nos encontrábamos, accediste pero al mismo tiempo escuchaste miles de cuchicheos y risillas malintencionadas, de pronto te vi llorando y al borde de asfixiarte y nada quería más que sacarte de ahí aunque fuera corriendo, sentí la necesidad imperiosa de decirte que sentía no haberte advertido que habías envejecido repentinamente pero que no importaba porque igual que yo las personas que te amábamos lo seguiríamos haciendo aún cuando fueras una total pacita blanca. Amiga, cuando desperté quería llamarte para decirte que lo que emvejece es la piel, no el alma. Pero deduje que no comprenderías y mejor opté por escribirtelo algún día, ahora, al leer tu poema, me ha vuelto el sueño y el resto, ya lo conoces, te amo Blanca, viejita o jovial por fuera siempre te tendré presente hasta el final. Lirio Belano