martes, 8 de abril de 2008

Más allá de su mirada


Su rostro me reflejaba ternura y sabiduría; él me regaló dos minutos de su tiempo y yo le viví eternamente premiada. Le tomé la mano en agradecimiento y sólo una sonrisa descompuesta esbozó en su rostro. ¿Qué tanto habrá vivido para estar aquí? ¿Por qué lo encierran? Su unica infracción es estar solo. Quizá yo debería estar con él, pero no, a mí me excluyen de este espacio y sólo me permiten la entrada de 8:00 am a 4:00 pm. Y al tomar mi bolso de cuero negro hurgo en todos aquellos que ocultan en sus ropas grises su soledad.


Cuando era pequeña mis padres me decían que era importante crecer y hacer una vida exitosa, luego ellos se separaron y abandonaron el éxito en un cajón de la cómoda de la sala, se olvidaron de él porque aún viven en la eterna búsqueda de la felicidad . No, no los juzgo, sólo que ahora me atemoriza que un día me los encuentre en este mismo sitio de la calle Esperanza # 13 col. El Salvador. Realmente no sé cómo reaccionará. ¿Qué les diría?.


Entre semana, algunos cabizbajos me reclaman un dulce, otros me entrecierran sus ojos llorosos nublados por la catarata y otros más observan cómo se mecen las hojas de los árboles cada vez que el viento nos regala un airecillo travieso. Al verlos, en mi mente rebotan pensamientos de duda, ¿por qué los trajeron aquí? ¿para quién fueron un simple objeto viejo? ¿cuándo pasaron desapercibidos y se convirtieron en un adorno caduco de la casa?.


¡Cuántas historias guardadas!, cuántos recuerdos almacenados en cabezas blancas que gritan los lloros de pequeños, las risas de niños y los sonrojos de jóvenes. Un listón entralazado en los dedos, una biblia, un retrato sepia o un costurerito son fieles acompañantes de estos cuerpos longevos que resguardan sus años en un solitario asilo.


Hoy salí 20 minutos más tarde, él se detuvo para tomar mi mano, me regaló dos minutos de su tiempo, su ojos nublados se posaron en mí y desnudaron mi alma, envolvieron mi cuerpo de paz y alegría. Hoy por primera vez conocí la esperanza, y no por el nombre que lleva la calle en la cual trabajo, sino en unos ojos que me permitieron ver más allá de su mirada.


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