sábado, 31 de mayo de 2008

Luz y sombra


Saliendo de la recámara me dirijí a la cocina para tomar un poco de café, sabía que lo tenía prohibido, pero un sorbo no me haría daño, me excitaba tanto ese olor que me era irresistible no acercarlo a mi rostro. Tomé mi taza verde, Claudia la había traído de Guanajuato como recuerdo del festival Cervantino, y aunque parezca tonto siempre tomo en ella porque me hace pensar en el barullo, la palabra y la imagen del caballero de la triste figura. Sé que no he podido conocerle personalmente, pero con sus andanzas me ha dado la impresión de que ha de ser enjuto y muy valiente, y aunque sé por experiencia que las apariencias engañan, mis manos han percibido su eterna persona.

Me siento a un costado de la mesa, percibo lo rugoso de la madera y huelo un poco a la laca desgastada ya por los años, tomo con cautela la azucarera y con movimiento solemne dejo caer el polvo azucarado para delicia de mi diabetes. -Sólo un poco me digo. Y mis labios se mojan anhelando eternidad.

Me levanté de la mesa, llevé la taza al fregadero y la lavé tan meticulosamente, que pensé en lavar así mis culpas y dejar mi alma limpia y oliendo a limón. No es fácil sentirse opacado o desapercibido, como un perro indeseable al que todos ignoran porque tiene sarna. Era un extranjero en mi propia tierra, los que se topaban conmigo me invisibilizaban.

Salí de la casa, sentí en mi piel el calor del Sol que huele a amarillo alegre. Caminé dos cuadras a la derecha y luego una a la izquierda, tenía que entrenar con la Morena, ella me entendía muy bien y de vez en cuando me cuidaba. -¿Por qué me habré vuelto tan distraído?. Subí los 12 escalones para entrar a la escuela, mi maestro me esperaba y con una sonrisa sonora me dijo que estaba en el rincón, caminé aprisa, no tenía miedo de nada, me sentía a salvo, como cuando era pequeño y mi mamá dirijía mis pasos tomándome de las manos.

El ventanal de la escuela permitía que el olor de las lilis llegara a mí imaginando la intensidad de la belleza y la sonoridad de su existencia. Pronto escuché la bienvenida de la Morena, se acercó cautelosa pero alegre, le acaricié tiernamente y se echó a mis pies esperando mi aprobación. El maestro nos llamó al centro, nos indicó nuevos movimientos y órdenes. Tomé a la Morena de la correa, agité mi bastón cauteloso y en ese momento recordé mi carencia de luz y mi abundancia de sombras, apreté un poco los labios y comprendí que ser ciego me había permitido observar más allá de lo que cotidianamente otros dicen que pueden ver.

1 comentario:

Víctor dijo...

Hermoso relato y tremendo final,haces padecer y gozar lo que el personaje siente, esta noche ha sido muy larga, pero pase por tu rincón y realmente no me arrepiento, besos y abrazos que lleguen a tu corazón que habita en un maravilloso país.

Gracias por pasar por mi rincón